Tras Oppenheimer, Nolan adapta La Odisea. Un prodigio técnico en IMAX y con reparto estelar que sacrifica el alma del mito por un espectáculo vacío.
¿Qué hacer después de alcanzar la cima? Esa debió ser la pregunta que atormentaba los pensamientos de Christopher Nolan tras su triunfo con Oppenheimer, su anterior película. Después de cinco nominaciones fallidas a los Premios Oscar y no menos de una docena de proyectos que generaron expectación entre el público y la crítica, finalmente ganó la codiciada estatuilla dorada —dos, de hecho, a Mejor Película y Mejor Director, entre los siete premios que recibió la película en total— y no con cualquier título, sino con una película biográfica que recaudó casi mil millones de dólares en taquilla a nivel mundial. En los últimos años, durante décadas, una cosa ha sido segura en lo que respecta al cine: las películas del director británico son esperadas con gran expectación y, sin excepción, constituyen uno de los mayores, a menudo el mayor, acontecimiento cinematográfico del año. Que Oppenheimer arrasara de esa manera —y con razón ya que es absolutamente espectacular— consolidó aún más al director como uno de los cineastas más importantes de la actualidad, dando rienda suelta para que Universal, la productora con la que trabaja, firmara —de nuevo— un cheque en blanco. Como consecuencia, con un presupuesto estimado de alrededor de 250 millones de dólares, La Odisea de Nolan es, hasta la fecha, la película más cara de su carrera.
En otras palabras, este fue el escenario que le permitió al cineasta sentirse lo suficientemente seguro para el siguiente paso en su ya extensa trayectoria y probablemente el más audaz de todos hasta el momento: adaptar La Odisea de Homero, una de las obras literarias más grandes e importantes de la historia. Cuando Nolan, recién salido de su Oscar, anunció que su próxima película sería La Odisea, nadie se sorprendió particularmente. Un proyecto ambicioso y complejo, que, sin embargo, gira en torno al tema del regreso a casa, uno que el director ya ha explorado de diversas maneras, desde Origen hasta Dunkerque, pasando por Interstellar. Quizás lo más sorprendente de todo el asunto fue que esta elección implicara incluir elementos abiertamente fantásticos, chocando con su enfoque habitual cerebral e hiperrealista y suponiendo un cambio casi radical con respecto a su filmografía anterior. El hecho de que un director como Nolan planteara esta adaptación cinematográfica del clásico prometía implícitamente que nos entregaría una película fiel al texto original y una proeza técnica nunca antes vista, ya que es como suele trabajar. Y si nos ceñimos a estas palabras, es un hecho que Nolan lo ha conseguido, pero con muchos matices. La estructura narrativa que nos presenta es sólida y, según él, extremadamente fiel a la obra original, a pesar de algunas adiciones narrativas y licencias poéticas para lograr mayor fluidez.

Todos estos cambios fueron suficientes para generar controversia incluso mucho antes de su estreno. Desde elecciones de casting hasta decisiones de vestuario, todo dio pie al debate y al intento de boicot. Además, es una cinta que se presenta como la primera película de la historia en ser rodada íntegramente con cámaras IMAX 70 mm —si analizamos su filmografía, este formato solía reservarse solo para las escenas más espectaculares— y que, según el director, solo así el público podría disfrutar plenamente de la experiencia. Pero claro, hecha la ley, hecha la trampa: no todos los cines están equipados para ello. Solo existen 41 salas equipadas para proyectar IMAX 70 mm en todo el mundo, cuatro de ellas en Europa. El resultado: la gran mayoría de los espectadores verán la película en un formato radicalmente distinto —un rectángulo en lugar de un cuadrado, para decirlo de forma sencilla— con la sensación de que algunas imágenes han sido claramente recortadas para ajustarse. Esta compresión lleva a la película recortada a una dimensión visual algo más asfixiante, ya que muchos de los planos se reducen a primeros planos mucho más cerrados.
Si ignoramos esto, de igual manera estas adaptaciones a menudo despiertan el mismo dilema: obra original versus adaptación. Siempre existirá un grupo de gente que defienda que una adaptación deba ser íntegramente fiel al original, cuando curiosamente en este caso estamos hablando de una obra con casi 3000 años de antigüedad. Cuando estas historias se rescatan hoy día, deben adaptarse al público actual y a sus valores, dejando una distancia inevitable con respecto a ese material. Dentro de este marco, también considero que es esencial no perder el alma que la historia quiso transmitir.
Para el público occidental, las aventuras de Odiseo forman parte de nuestra herencia cultural básica. Todos hemos absorbido las pruebas y tribulaciones de este primer gran héroe de la literatura desde la infancia: desde libros infantiles, material de lectura escolar, audiolibros, películas… —¿quién no recuerda Las doce pruebas de Astérix o el capítulo de Los Simpson donde Homer era el propio Odiseo?—. La epopeya se ha filmado tantas veces, en su totalidad o en parte, fielmente o con adaptaciones descabelladas, que es más que posible ignorar sin problema que una nueva adaptación no sea exactamente idéntica, siempre y cuando esta respete su esencia original.

Y aquí llega uno de los primeros problemas: Nolan hace precisamente lo contrario. No descubre en ella ni una nueva era ni nuevos personajes, ni una forma sorprendente ni una perspectiva única, sino que la modifica en pos de contar su historia, y no la de Homero. Representa algunas escenas siguiendo fielmente el texto original, con una precisión inigualable por cualquiera de sus predecesores, mientras que con otros elementos, adopta un enfoque muy libre, reinterpretando personajes o inventando otros nuevos, fusionando tramas o interrumpiéndolas según le conviene. El resultado es una curiosa mezcla: una proeza técnica impecable que termina tropezando en lo más importante: capturar el verdadero corazón de la epopeya.
La fórmula perfecta
El principal defecto de esta odisea al estilo Nolan es, paradójicamente, su excesivo didactismo y condescendencia narrativa. Donde Homero jugaba con la elipsis, la película opta por un enfoque más expositivo: los protagonistas narran los acontecimientos antes de recrearlos en pantalla. ¿El resultado? Una redundancia que se hace palpable desde casi los primeros minutos. Se percibe la preocupación del director por que ningún espectador se pierda en el camino, una ironía mordaz para una película que precisamente va sobre el arte de perderse. Lo más asombroso aquí no es que Nolan narre los famosos acontecimientos, sino lo poco que confía en ellos. Ningún «episodio» se sostiene por sí solo y ninguna situación se desarrolla gradualmente. Todo se anuncia, se explica, se subraya y luego se sella musicalmente. Así, la película salta de un recuerdo a otro, de una demostración a otra, de un momento emotivo a otro con un montaje que no crea conexiones productivas. Durante tres horas, la epopeya está tan saturada que no tiene tiempo suficiente para establecer su propio peso emocional. Incluso relatando pérdidas, tentaciones y traumas, no los hace tangibles o emocionalmente palpables.
Algunas escenas parecen una fiel ilustración de los versos de Homero, siendo prácticamente calcadas y manteniendo esa esencia tan importante. Otras, sin embargo, con sus imágenes excesivamente elaboradas y diálogos brutalmente modernizados, buscan complacer a un público más aficionado a las superproducciones, donde lo que prima es asombrar y no hacer pensar mucho al espectador. A veces, este delicado equilibrio entre epopeya y blockbuster superheroico moderno —el mejor ejemplo aquí sería Dune: Parte dos— funciona; otras veces, fracasa. La película contiene numerosas escenas dramáticas, pero resulta increíble cómo la mayoría carecen de emoción y/o del impacto que deberían causar en el espectador. Las películas de Nolan —o más bien algunas de ellas— han adolecido siempre por contar con esta falta de emoción, pero Origen o Interstellar son las excepciones que demuestran que el director sabe encontrar y presentar una línea emocional robusta —casualmente dos de las que coescribió junto a su hermano Jonathan Nolan—. La Odisea es, entre otras cosas, una historia sobre el amor, la lealtad, la amistad, la traición y la lucha —por la vida—. Una historia que rebosa —o debería— de carga emocional, aderezada con la influencia de los dioses. No obstante, aparte de ser visualmente impresionante y técnicamente innovadora, su trama, la que Nolan nos quiere vender es bastante pobre. Es casi inevitable entrever esa fórmula pensada para contentar al público general.

¿Cómo es posible que en los 20 años que Odiseo pasa con sus hombres, ya sea en la guerra y luego a la deriva intentando volver a casa, no haya ni una sola relación de amistad significativa, ni una conversación relevante con ninguno de sus hombres? ¿Cómo es posible que no se genere ningún vínculo palpable entre ellos? Este nulo desarrollo afecta a todos los personajes por igual —excepto, si me apuras, hay dos que se salvan—. Esto nos deja con el mayor problema de esta película y el más imperdonable: los personajes. No hay con quién identificarse, con quién empatizar. No hay personas reales, solo figuras de cartón que se mueven a través de eventos, o la falta de ellos. Resulta aun más impresionante si tenemos en cuenta el elenco estelar que Nolan ha conseguido reunir. Uno absolutamente desaprovechado.
Cómo desperdiciar a un elenco
Debido a que La Odisea se centra tan claramente en lo visual y la acción, la profundidad narrativa y el desarrollo de personajes quedan relegados a un segundo plano, a pesar de su innegable abundancia de diálogos. En su elenco hay muchos nombres importantes y, aunque la verdad es que todos hacen un buen trabajo, no tienen tampoco mucho con lo que trabajar. Todos parecen actores embutidos en trajes mitológicos que representan demasiado de lo que estos consiguen transmitir. El guion les concede poco más que unas escenas, una postura y un par de frases grandilocuentes a muchos de ellos. Las estrellas no se convierten en personajes, sino en meros puntos de referencia o cameos en un espectáculo abarrotado: es difícil olvidar que estamos viendo a Matt Damon y Anne Hathaway, y no a un rey y a una reina consumidos por el tiempo.

Damon interpreta a Odiseo con esa presencia física pesada y ligeramente cansada que le sienta a la perfección al papel del guerrero anciano. Sin embargo, no puedo evitar ver al actor en el papel, como si este se hubiera encasillado en interpretar siempre al mismo personaje atormentado. Odiseo necesita ser astuto, además de peligroso, y el actor simplemente no sabe demostrar esa cualidad por mucho que frunza el ceño. Además, la epopeya enfatiza mucho su astucia, inteligencia e ingenio, y la película tampoco le da tanta importancia como debería: sus decisiones de ese tipo se tratan como sentido común evidente y no como algo especial que solo Odiseo habría pensado. Esto hace imposible empatizar con Odiseo a pesar de ser el protagonista y eso me parece un problema gravísimo.
Lo mismo ocurre con Tom Holland. El actor dota a su Telémaco de una creíble mezcla de ingenuidad juvenil y desafío contenido, alejándose de su repertorio habitual con buenos resultados, pero no deja de ser un personaje que demuestra motivaciones que no llegan a estar suficientemente respaldadas. Es uno de los tantos que se unen a este grupo de superficialidad y poco desarrollo. Tanto Lupita Nyong’o, Elliot Page, Mia Goth, Jon Bernthal, Zendaya, Charlize Theron y Benny Safdie son poco más que adornos, apareciendo en pantalla apenas unos minutos y siendo reducidos a meros recursos argumentales intercambiables.
En contraposición, tenemos una Penélope fantástica. Anne Hathaway nos regala una grandísima actuación dotando a la reina de dignidad y un dolor contenido, dejando el personaje que más humano se siente dentro de esta película. Por su parte, Robert Pattinson interpreta al pretendiente Antínoo ofreciendo una interpretación patética, convincente, con una arrogancia mordaz y salvaje, encarnando su cobardía innata y estableciendo la mejor actuación de la cinta. Es de los pocos personajes donde es fácil ver por qué es como es, seguramente porque Pattinson se ha propuesto demostrar que es el mejor actor de su generación durante estos últimos meses. Nolan, con La Odisea, vuelve a demostrar que es un director excepcional, pero un pésimo guionista cuando se lo propone.
La épica impuesta y el final más «americano» posible
A pesar de que la trama no está exenta de espectacularizaciones, este enfoque falla a la hora de transmitir la épica. Nolan en todo momento trata de imponer la epicidad con las imágenes, planos y actuaciones, mientras que esta debería transmitirse por sí sola. Es precisamente en este espectáculo impuesto donde se hace evidente la falta de dirección de acción genuina del director. Sus imágenes son grandiosas, sus movimientos pesados, su puesta en escena elaborada, pero rara vez dinámica. Es imposible no notar cómo algunas fases de la película, especialmente la final, terminan recordando a los estereotipos de las películas de acción modernas. La carnicería final podría haber sido la culminación física y moral de la película. En cambio, se asemeja más a un ajuste de cuentas en una película de Tarantino o en un drama de época de Ridley Scott. Incluso esta escena final te hace desear involuntariamente que la hubiera dirigido alguno de ellos dos en vez del propio Nolan y del resultado que acaba obteniendo. El evento se anuncia con grandilocuencia, pero nunca llega a tomar una forma que no pase de la típica «americanada».

Es una muestra considerable de autocomplacencia en las escenas de acción, que no abandonan la dinámica del héroe más plano que vence a los demás por ser más fuerte, más listo y más entrenado. Estas soluciones narrativas parecen estar más en sintonía con la dinámica de los superhéroes que con la de este clásico de la literatura, volviendo de nuevo a ese querer contentar a un público más general.
Odiseo representa una figura simbólica de la razón instrumental: un ser humano que debe dominar la naturaleza, el mito y, en última instancia, a sí mismo para sobrevivir. Nolan podría haber encontrado aquí una película completamente diferente: una sobre el comercio, la migración, la identidad, la manipulación o la dialéctica del progreso. Podría haberse preguntado qué significa el regreso a casa en un mundo donde ni el que regresa ni la patria han permanecido iguales en el tiempo. En cambio, se conforma con la veneración a los héroes de una época pasada. Y ahí reside el verdadero problema: reduce la Odisea al autoexamen de un hombre extraordinario. Su Odiseo sufre, lucha, resiste, cae, se levanta de nuevo y, al más puro estilo del viaje del héroe, finalmente vuelve a ser dueño de su hogar mediante la violencia. La imagen de masculinidad que se reproduce aquí pertenece menos a una lectura moderna de Homero y más a esas tantas fantasías de redención que tan acostumbrados estamos a ver.
Aún más dolorosa es la comparación con El regreso de Ulises de Uberto Pasolini, protagonizada por Ralph Fiennes, estrenada el año pasado. Pasolini se centró en el repatriado anciano y traumatizado, en un cuerpo que sobrevivió a la guerra, pero que ya no encaja en el orden al que se supone que debe regresar. Allí, el regreso a casa, la violencia y el reconocimiento se convierten en cuestiones existenciales. La Odisea, en cambio, es más cruda, más estridente y, sobre todo, intelectualmente más vacía en casi todos estos aspectos.

Los puntos fuertes a admirar
Con todo, reducir La Odisea a un mero tropiezo narrativo sería injusto. Hay virtudes incuestionables en la propuesta de Nolan y pasajes que dejarán satisfecho a cualquiera. La película es indudablemente entretenida, disfrutable y cuenta con hallazgos que merecen aplaudirse. Principalmente, la cinta se beneficia enormemente de la predilección de Nolan por los escenarios auténticos y los efectos prácticos. Habiendo dejado claro que no es fanático del CGI excesivo, el cineasta se basa en elementos físicos reales. La autenticidad es admirable: muchas escenas se filmaron en réplicas gigantescas y realistas de antiguos barcos de guerra y no en un estudio con pantalla verde. Las ciudades y fortalezas lucen convincentes y no son meros decorados. Incluso la representación del Hades me parece sublime. Todo esto crea un realismo notable y hace que la acción sea bastante más tangible para el espectador.
Aparte de este apartado técnico y de materiales prácticos, los verdaderos halagos de la película se reducen a dos secuencias clave. En primer lugar, la escena con Polifemo —el cíclope— es el punto culminante de la película: está brillantemente concebida y ejecutada. Supone una escena de terror verdaderamente espectacular, con claras referencias a Goya y con varios momentos de puesta en escena bastante ingeniosos —el sonido y la luz juegan un papel esencial—. Su diseño combina sólidamente el realismo y la fantasía que tanto le hace falta a esta historia.
En segundo lugar, el episodio en casa de Circe —interpretada brillantemente por Samantha Morton— es digno de mención por cómo coquetea con el horror corporal. La escena recalca el poder del cine físico de Nolan al usar efectos prácticos en lugar de CGI, lo que genera expectativas sobre una posible cinta de terror del director —él mismo sugirió que le gustaría tras alabar el éxito de Obsession—. Sin embargo, incluso aquí tengo sentimientos encontrados. Esta escena, aunque personalmente me gusta de forma aislada, resulta más absurda e innecesariamente abrumadora que significativa, llegando a parecer disfuncional al considerarla en su conjunto con el resto de la cinta, como si hubiera sido copiada de una película de terror folclórico completamente diferente.

El cine como asalto físico
Dicho esto, a pesar de estas reservas, La Odisea sigue siendo un buen entretenimiento y gustará a muchísima gente, como ya lo está haciendo. La esencia del poema está ahí en parte en los hechos: el peso del tiempo que desgasta a los seres, incluidos los héroes, cansados, perdidos y llenos de dudas, pero no en sus personajes. Nolan ha hecho una película de aventuras enorme, bien rodada y con una fotografía maravillosa —firmada por su colaborador habitual Hoyte van Hoytema—; nadie puede negar eso.
Uno sale de ver esta Odisea sin sentirse decepcionado, pero tampoco del todo transportado; convencido de que Nolan se tomó el mito en serio, pero quizás explicándolo en exceso. Su superproducción impresiona más por su rigor que por su alcance, como si temiera constantemente que el público se perdiera allí donde el propio poema invitaba a vagar. Lo que queda, por supuesto, es lo que siempre queda en sus películas: un hombre que finalmente encuentra el camino de regreso a casa. El cine como tal, sin embargo, se queda con las manos vacías y sin una adaptación a la altura del original.
Prestando especial atención a la banda sonora, el compositor Ludwig Göransson vuelve a repetir junto a Nolan tras Oppenheimer. Esta se creó sin orquesta clásica, aparentemente a petición expresa del director, utilizando únicamente sintetizadores e instrumentos propios de la Grecia de aquella época: gongs de bronce, lira y aulos. No obstante, en la práctica, incluso este delicado equilibrio instrumental está sujeto al viejo principio de Nolan: el sonido no está destinado a acompañar, sino a abrumar. Esto encaja con la concepción casi obsesiva del director del cine como un asalto físico. La pantalla y el sonido no están destinados a convencer, sino a conquistar, abrumar, ocupar y penetrar en el cuerpo. En Oppenheimer funcionaba, aquí, no tanto.
Porque sentirse abrumado no siempre es efectivo si no está acompañado de según qué elementos. Cuanto más enfáticamente proclama la película su importancia, menos se siente. La narrativa no logra impactar porque, a pesar de su duración, no se toma el tiempo necesario para desarrollar a sus personajes. La música no logra impactar porque carece de contrastes, porque no conoce el silencio. Y las imágenes no logran impactar lo suficiente porque están constantemente centradas en una sola cosa: la monumentalidad. Porque cuando todo busca ser importante, pronto nada importa ya.
La ficha
Todo sobre la película
Sinopsis
Tras la caída de Troya, el legendario rey de Ítaca, Odiseo a.k.a. Ulises, emprende un largo y peligroso viaje para regresar junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco. En el camino deberá enfrentarse a criaturas mitológicas, dioses caprichosos y pruebas que pondrán a prueba su ingenio, su resistencia y su humanidad. Mientras tanto, en Ítaca, el futuro de su reino pende de un hilo ante la creciente amenaza de quienes creen que jamás volverá.
- Dirección
- Christopher Nolan
- Año
- 2026
- Duración
- 173 min
- País
- Reino Unido, Estados Unidos
- Edad
- +16
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Las notas
Ficha técnica
- Título original
- The Odyssey
- Estreno
- 17 jul 2026
- Idioma
- Inglés
- Guion
- Christopher Nolan
- Fotografía
- Hoyte van Hoytema
- Productoras
- Universal Pictures, Syncopy










