Nosferatu es la nueva película del excelentísimo director de terror Robert Eggers, que revive el gran mito vampírico con su inconfundible sello visual.
El cine de Robert Eggers es especial. Mágico. En cada una de sus primeras tres películas, Eggers se ha establecido como un cineasta a tener en cuenta no solo en el género del terror, sino en el panorama completo del cine actual, tal y como lo conocemos. Y cuando uno escucha por primera vez que un remake de la legendaria película muda Nosferatu de 1922 —una que durante mucho tiempo ha fascinado a los fanáticos del terror— viene de camino, y además él es el responsable, eso no puede significar más que buenísimas noticias.
Hay muy pocos directores hoy en día en los que realmente confiaría para revivir esta historia, particularmente dado el desdén generalizado que presenta actualmente Hollywood y los remakes de poca monta que están surgiendo, además del punto bajo en el que se encuentra el género de terror y, sobre todo, el de vampiros. Eggers, sin embargo, habría sido no solo mi primera elección, sino que, incluso, la única. El hecho de que todo esto se materialice solo puede significar una cosa: música para mis oídos y para el cine en general. Ahora bien, el mayor desafío que ha tenido que acometer este director no solo recae en mantener el gran espíritu del material de origen, sino también en actualizar el contexto para una audiencia más moderna —102 años después, que se dice pronto—.
La historia de Nosferatu el vampiro es casi tan antigua como el cine mismo. La cinta de 1922 del director F.W. Murnau «tomó prestados» deliberadamente elementos de la historia de la novela de 1897 de Bram Stoker que todos conocemos: Drácula. Por ende, un tribunal alemán ordenó que todas las copias de la película fueran destruidas por una demanda de infracción de derechos de autor presentada por la viuda de Stoker. No obstante, al igual que es difícil deshacerse de un vampiro, al parecer también lo fue con esta obra, que quedó presente para la historia en ese momento como la primera «adaptación» cinematográfica del monstruo.
Si no hubiera sido por al menos un alma valiente que desafió esa orden judicial, Nosferatu podría haberse convertido en nada más que una anécdota en la historia cinematográfica, en lugar de uno de los ejemplos más emblemáticos del expresionismo alemán en el cine, reflejando tan agudamente las ansiedades de la sociedad alemana de la época.
Desde ese momento, El Conde Drácula —que continúa siendo una piedra angular literaria icónica— y el Conde Orlok han transcendido a lo largo de un siglo desde entonces, como padre e hijo bastardo no deseado, recibiendo numerosas adaptaciones cinematográficas desde Drácula de Tod Browning en 1931, Nosferatu, vampiro de la noche de Werner Herzog en 1979 o la inolvidable Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola en 1992.

El Nosferatu de Eggers que aquí nos acontece es una adaptación que tipifica gran parte de su cine característico. Es una narración relativamente directa de la historia que ya conocemos en su propio estilo inimitable y representativo que está en sintonía con las necesidades y posibilidades del material fuente. Es una pieza excepcional de narración, en la que el director impulsa sus habilidades y estilo para crear una obra completa unificada que presenta un tono cada vez más inquietante y apabullante.
Siendo su cuarta película, se convierte en su trabajo más logrado en términos de unificación de su cine. Una odisea impecablemente elaborada, a sabiendas humorística y rígida y obsesiva en su atmósfera terrorífica. Mientras que El hombre del norte ha servido como evidencia de que podía trabajar en una superproducción, Nosferatu es el matrimonio ideal entre La bruja y El faro, que combina la impecable perfección y dedicación con la precisión histórica, impregnando a esta de una realidad tangible y de una presencia arrolladora.
El director nos vuelve a regalar de nuevo una experiencia cinematográfica, donde el kit de la cuestión no es otro que asistir a una obra que honra a un mito atemporal, como viene a ser la figura del vampiro, con una visión exigente y un evocador, erótico y sangriento terror gótico. Nosferatu es una película profundamente inquietante y extrañamente hermosa, que no hace más que consumirte desde que comienzas a verla.
Artesanalmente preciosa
Como decía al principio de esta crítica, Robert Eggers no es un cineasta, es un mago, ya que es capaz de retroceder en el tiempo con sus películas y teletransportarte a ti como espectador con ellas. En Nosferatu, trabaja nuevamente con sus colaboradores habituales, ya inseparables —le han acompañado en cada una de sus cuatro películas—, el director de fotografía Jarin Blaschke y el diseñador de producción Craig Lathrop. Juntos funcionan como una máquina engrasada capaz de rozar la perfección.
Técnicamente, Nosferatu es una absoluta maravilla y fácilmente su trabajo visual más llamativo hasta la fecha. Sus películas son bien conocidas por su realismo y sus impresionantes imágenes, pero aquí Eggers no hace más que destacar. La combinación de dirección, fotografía, producción y sonido es excelente e inmejorable, de lo mejor que se puede ver en el cine actual.
Nosferatu nos lleva de vuelta a un mundo que parece que ha sido rescatado de las partes más profundas de la historia, impregnado de vida, de muerte y de desesperación. El diseño de producción de Lathrop es inmaculado, meticuloso y brillante, transportándonos a los sombríos lugares germánicos de Europa y a sus calles empedradas, mientras que estos son iluminados por velas o arrasados por plagas. La sensación de estar atrapado entre dos mundos y de autenticidad es sorprendente.

La fotografía de Blaschke es impecable y visionaria dentro la oscuridad total, infundiendo a cada escena una atmósfera oscura y opresiva. Derrocha un estilo gótico que se siente antiguo y contemporáneo al mismo tiempo, y que sirve como camino para que el terror se vaya filtrando lentamente. Tiene un uso magistral de la luz y la sombra que provoca que la oscuridad se sienta viva y que sea un personaje más de la historia.
Está claramente influenciado por la cinta original, pero mientras Murnau se inspiró en el expresionismo, la versión de Eggers se basa más en el realismo y, lo que es más importante, en el minimalismo. Menos es más. Primeros planos, contrastes en fondos oscuros, iluminación pobre, el esquema de color —en su mayoría grises opacos y amarillos enfermizos— que acentúa el deterioro, todo juega su papel y tiene un propósito, provocando que Nosferatu se convierta en una fiesta para los sentidos.
Un elenco a la altura de las expectativas
Y como Nosferatu depende tanto de sus elementos dentro de ese minimalismo, también lo hace de su elenco, ya que esta no podría funcionar si este no destacara —aunque no todos lo hacen por igual—.
Está liderado por una fantástica y desatada Lily-Rose Depp. La actriz nos regala a una Ellen —siempre ha sido retratada como una figura pasiva en las pasadas adaptaciones— completamente desarrollada y tridimensional, atrapada entre las normas sociales y un mal irrefrenable que la atormenta. Interpreta su papel con una pasión y fisicalidad impactantes, representando un choque de vulnerabilidad, deseo y desafío que exudan tanto ternura como ferocidad. Es, sin lugar a dudas, el corazón de Nosferatu.
Quizás uno de los cambios más significativos del original es la apariencia del Conde Orlok, interpretado esta vez por un ya experimentado Bill Skarsgård, acostumbrado a interpretar a monstruos en pantalla antes —It—. Una actuación que fue mantenida en secreto durante toda la campaña de marketing y, realmente, me dicen que es otra persona y me lo creo. La transformación de Skarsgård es tan completa que el actor está irreconocible.
Partiendo de las orejas de murciélago y los dientes de roedor que caracterizaban las versiones anteriores, este Orlok, fuertemente recubierto de pieles y envuelto en la oscuridad, tiene una cualidad inhumana que enfatiza su sobrenaturalidad y funciona como una creación única.

Su cuerpo esquelético, ojos hundidos y piel agrietada le dan la apariencia de la misma muerte. Personificado como si fuera un cadáver recién exhumado en un estado de putrefacción perpetuo, es una visión descomunal de los no muertos. Muchos de los efectos aquí son prácticos, y el resultado se siente increíblemente real y terrorífico.
El actor lo domina con una actuación desconcertante y cautivadora que no hace más que incentivar el terror que lo rodea. El increíble trabajo protésico y su dedicación lo convierten en una plena exhibición de talento.
Para completar el excelente trío, el magnífico Willem Dafoe continúa demostrando que es uno de los mejores actores de la historia. Su extraño comportamiento y sus crípticas declaraciones agregan una comedia oscura a los eventos. Al igual que hizo con su personaje de El faro, aquí interpreta al profesor Albin Eberhart Von Franz —el análogo de Van Helsing—, de una forma alegremente desquiciada que se vuelve magnética y aporta esa sacudida de humor justo cuando la película lo necesita.
El resto del elenco, aunque esencial, se me antoja menos interesante y algo subdesarrollado. Nicholas Hoult, quien interpreta a Thomas Hutter —el marido de Ellen—, es retratado con una especie de torpeza amable que sirve como fuente de humor y sustituto de la audiencia, además de contrastar con todo lo demás, pero su desarrollo se vuelve atropellado y poco imaginativo.
Simon McBurney interpreta a un Herr Knock y personifica los temas de la corrupción y la decadencia. Sin embargo, su actuación desquiciada se vuelve demasiado predecible y sobreactuada. Terminan formado un grupo similar Ralph Ineson, Aaron Taylor-Johnson y Emma Corrin, ya que todos ellos cuentan con desempeños poco memorables y más funcionales en la práctica.
Una obra que te hace jadear
Nosferatu es un recordatorio de lo que el terror puede hacer cuando se atreve a ser paciente, cerebral y profundamente atmosférico en una época dominada por los sustos repentinos y la decadencia del género. Al igual que hacían cintas como Háblame o Longlegs, la atmósfera que rodea la cinta es un propio elemento de la misma.
El mejor terror no es el que viene de lo que ves, sino el que cambia cómo te sientes. Su anticipación puede ser más desconcertante que la propia acción que lo provoca. Eggers crea una sensación de incomodidad lenta, progresiva y aplastante en Nosferatu que se filtra en cada rincón de la narrativa con una precisión magistral. Te rodea con un entorno pesado de incertidumbre y escalofríos que se siente casi vivo e insoportable, y que se equilibra con una grandeza casi teatral.

El director aseguró que uno de sus objetivos principales con esta película era «hacer que los vampiros volvieran a dar miedo», y vaya si lo consigue. Orlok no es solo un monstruo, es una fuerza natural y de corrupción, un monumento vivo a la muerte que lo inunda todo con una omnipresencia que se vuelve claustrofóbica.
La sensación y el terror que se vive en Nosferatu se puede atribuir al subgénero que el autor H.P. Lovecraft creó con sus novelas: el horror cósmico. Un terror que enfatiza el temor de lo desconocido e incomprensible, uno que desafía el sentido de realidad de los personajes y que existe más allá de la comprensión humana.
Esta atmósfera perturbadora y agobiante es manejada por Eggers con una perfección y ritmo precisos, terminando por hacer mella en el espectador como si se tratara de un personaje de la historia. Su rigurosa metodología hace que la visualización sea emocionante y cautivadora, pero también provoca que Nosferatu comience a asfixiarse bajo todo este ambiente, donde hay poco espacio para cualquier otro estado de ánimo.
Esto no es algo malo, pero tensa los límites de la participación de la audiencia y deja a la cinta dependiendo en gran medida de un público objetivo y menos amplio. Algunos espectadores encontrarán el ritmo lento difícil de manejar, aunque este sea necesario para contribuir a que la historia sea tan sofocante. No es una película de terror convencional, y definitivamente polarizará las críticas del público como lo han hecho sus anteriores películas. Es un éxito en el género, pero es ese éxito el que impide también que sea una película perfecta.
Un tributo que va más allá
Nosferatu es más que una historia de terror gótica. Es una sinfonía de sombras y muerte. Una meditación sobre la interminable tensión entre el miedo y la libertad, el deseo y la decadencia y la vida y su fragilidad. Forma una mezcla excepcional de horror gótico y profundidad psicológica, resucitando los mitos de los vampiros con una visión audaz, inquietante y atemporal.
Eggers no solo honra al clásico del 22, lo reinterpreta y lo hace más complicado psicológica y temáticamente, mientras mantiene su espeluznante sensación de otro mundo. Nos entrega un tributo aterrador y, como solo se puede esperar de todas sus obras, este exige ser visto en una pantalla tan grande como se pueda.
La ficha
Todo sobre la película
Sinopsis
Historia gótica de obsesión entre una joven hechizada y el aterrador vampiro encaprichado de ella que causa un indescriptible terror a su paso.
- Dirección
- Robert Eggers
- Año
- 2024
- Duración
- 133 min
- País
- Estados Unidos
- Edad
- +16
Dónde verla
Todas las opciones · Datos: JustWatch y TMDB (usamos su API sin su aval).
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Las notas
Ficha técnica
- Título original
- Nosferatu
- Estreno
- 25 dic 2024
- Idioma
- Inglés
- Guion
- Bram Stoker, Robert Eggers
- Música
- Robin Carolan
- Fotografía
- Jarin Blaschke
- Productoras
- Focus Features, Studio 8, Maiden Voyage Pictures










